#Opinión: Cotidianidad barquisimetana en la crónica de Raúl Azparren (4) Por: Ramón Querales

Caminito que un día:
Cotidianidad barquisimetana en la crónica de Raúl Azparren (4)

35. Un artículo de mucha venta en las pulperías de Barquisimeto era el guarapo fuerte de papelón. Lo colocaban en un barril de madera y de allí lo servían con un remillón fabricado de totuma. El precio de un vaso casquillero de esta delicia era un centavo.
36. Arepas panzudas a tres por locha. Se cocinaban en budare de barro y en fogón de tres topias con leña. Una vez cocinadas se colocaban en un manare, cesta de bejuco, amarrado con tres cabuyas, colgando del techo que por el humo se ponía negro brillante.
37. Alimentos del diario yantar eran las caraotas negras o “de matica”, paspasas, arroz con huesito de marrano, ajicero en frasco de vidrio donde venían las aceitunas españolas “La Reina”.  Mondongo, olleta, estofado, mute,  servían de desayuno a Bs 0,25 (medio real,) la ración, café tinto güirirí, para rematar.
38. Seis cuquitas se compraban por una locha (12 ½ cts de bolívar), en la panadería y fábrica de pastas de Francisco Miraglia.
Una conserva de coco, un templón o gofio, traído de “Las Veritas” costaban un centavo, una puya, una nica, 0,5 ctms de bolívar.
Miraglia vendía pan por las calles de Barquisimeto en una mula a la que cargaba con dos enormes barriles. Para avisar su presencia tocaba un cacho “primorosamente labrado y de uno de sus extremos pendía un largo, grueso y multicolor cordón, tejido de estambres” (p.114).
39. Cuenta Azparren que el Dr. Eligio Anzola Anzola, le acordó una pensión al maestro Antonio Carrillo y una vez que la había cobrado, un carterista, en el mismo palacio de gobierno, se la extrajo del bolsillo lo que sabido por Anzola, ordenó a Tesorería que se le volvieran a pagar.
Otro gobernador, cuyo nombre no menciona  Azparren, se la rebajó. ¡Qué culto y solidario el tercio, eh!
40. La cohorte intelectual barquisimetana en la época del padre Borges, orador, poeta, estaba integrada, según Azparren por “los escritores Juan Alvarado Ruiz, Salvador Giménez Segura, Cecilio Acosta Gadea, Walterio José Pérez, Nicolás Vásquez, Luis y Miguel Castillo Amengual, Francisco Giménez Ocanto, los poetas Rafael Garcés Alamo, Marco Aurelio Rojas, Juan Manuel Rojas, los periodistas Juan Aguilera, Manuel Liscano Rodríguez; los tribunos Ulpiano Torrealba Alvarez, francmasón; los presbíteros Francisco Manuel, Néstor Arráiz y Jesús María Anzola…” (p.134)
41. Retirado de los escenarios, don Teófilo Leal, célebre actor venezolano, se residenció en Barquisimeto y era junto con su hijo de igual nombre, asiduo visitante del restaurant “Cisne Azul”,  ubicado en la carrera 19 con calle 26, acera norte.
Dirigió en esta ciudad el periódico “El Imparcial”. Dice Azparren: “Gran conversador don Teófilo y trasnochador, mantenía en el “Cisne Azul” diálogo de altura, hasta bien entrada la madrugada, con otro personaje de galana    palabra y poco amigo del sueño, el Dr. José Florencio Méndez”  (p.149).
42. El padre del poeta José Manuel Colmenares, se llamaba Lucidio Colmenares, fue dueño de una posada por los lados de San José.
Especialista en elaborar enormes empanadas de caraotas.
43. Otro de los libros de Raúl Azparren, del cual hemos tomado interesantes informaciones sobre la cotidianidad barquisimetana es el que se publicó en 1972, prologado por el escritor y periodista Rafael Montes de Oca Martínez, titulado Barquisimeto, paisaje sentimental de la ciudad y su gente. Su portada reproduce una postal dirigida a Jesús Pérez Riera y familia por Miguel A. Guerra quien en diciembre de 1947 invitaba a su casa de habitación en la carrera 17 Nro. 96 a celebrar “el 31 del corriente mes” a las 5 pm, las Bodas de Oro de la Orquesta Mavare, fundada por Guerra.
44. “Marineros” llamaban a los afilados cuchillos que los carniceros utilizaban para cortar la carne que expedían en el  Mercado Público construido durante la administración del general Jacinto Fabricio Lara. En la parte norte de este mercado estaban “… las viejas pulperías, expendedoras de diversos artículos de consumo diario, que se acompañaban de cuanto era de recomendación de la medicina cacera: cañafístola, zábila, escorsonera, cáscara sagrada y otros”.
45. Juegos de cocos y de huevos se daban en este mercado. De madrugada era visitado por los jóvenes bohemios y serenateros “buscando los calientes chicharrones, el reconfortante hervido de res o de gallina, el sabroso mondongo o la opípara olleta…” (p. 17).
46. El constructor de este mercado fue don Domingo Fernández, estudioso de las matemáticas y muy acertado en curar enfermedades” (p. 18). Abriendo los huecos para las bases del edificio encontró una roca dura que durante dos días fue imposible partir.
Una noche bajando por la actual carrera 17, frente al terreno para el mercado, la mula montada por Hernández fue detenida por un sacerdote que le pidió seguir rompiendo la roca. “Allí encontrarás –le dijo- varias joyas y le entregarás al Obispo lo que corresponda a la Iglesia y el resto lo tomarás para ti”, dicho lo cual, como había llegado, desapareció.
Rompió la piedra y encontró “una custodia y vasos sagrados… colocados en una caja, amén de un rosario adornado con piedras preciosas,  [que] fue al poder de Fernández” (p. 19).
47. El llamado “Coro de los Doctores” fue un conjunto musical reunido sólo para ofrecerle una serenata al general Aquilino Juares cuyo hogar, construido por él, estaba situado en la carrera 17 con calle 25, ángulo noroeste, justamente donde, en parte, se levanta el palacio municipal.

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